Creemos que el cielo es azul por el aire, pero la física muestra una explicación mucho más rara


Creemos que el cielo es azul por el aire, pero la explicación es mucho más extraña: el color que se ve arriba no pertenece al aire como si fuera una capa pintada, sino a la forma en que la luz del Sol se desordena al cruzar la atmósfera.
La pregunta parece simple, casi infantil. Sin embargo, atravesó siglos de teorías, desde Aristóteles hasta Newton, que llegó a relacionar ese color con el reflejo del océano.
Durante mucho tiempo, la respuesta estuvo mezclada con intuiciones, ideas filosóficas y explicaciones que sonaban posibles. Pero el fenómeno real apareció mucho después, cuando la física empezó a mirar la luz con otra precisión.
Según una síntesis del matemático John Baez, de UC Riverside, uno de los primeros avances importantes llegó en 1859 con John Tyndall.
Tyndall hizo pasar luz por un líquido con pequeñas partículas en suspensión y notó algo que después sería clave para entender el cielo: los tonos azulados se desviaban con más fuerza que los rojizos.
Desde un costado, el haz se veía azulado. Si se miraba a lo largo del recipiente, en cambio, aparecía rojizo. La escena era parecida a lo que ocurre entre el cielo del mediodía y el atardecer.
Después llegó Lord Rayleigh, que en 1871 desarrolló la fórmula que terminó asociada a su nombre. La idea central era que las longitudes de onda más cortas se dispersan con mucha más intensidad que las largas.
Al principio, incluso Tyndall y Rayleigh pensaron que el polvo o el vapor de agua podían explicar el color del cielo. Pero esa hipótesis tenía un problema: si fuera así, el azul cambiaría mucho más según la humedad, la niebla o la cantidad de partículas en el aire.
La respuesta terminó de ajustarse en 1911, cuando Albert Einstein calculó cómo dispersan la luz las moléculas individuales. Ahí quedó más claro que la clave estaba en las moléculas de nitrógeno y oxígeno.
La luz del Sol parece blanca, pero está formada por varios colores. Cada uno viaja con una longitud de onda distinta.
La luz azul ronda los 450 nanómetros. La roja está cerca de los 700. Esa diferencia, aunque parezca mínima, cambia todo cuando la luz entra en la atmósfera.
La dispersión de Rayleigh indica que las ondas más cortas se desvían mucho más. En la práctica, la luz azul se dispersa unas 5,5 veces más que la roja. Por eso el azul no llega solamente desde la dirección del Sol. Rebota, se reparte y aparece desde distintas zonas del cielo.
La UK Met Office explica que el ojo humano percibe esa combinación como un cielo uniformemente azul, aunque la luz original sea blanca y el aire no tenga color propio.
Christopher Baird, de West Texas A&M University, explica que no alcanza con mirar solamente la fórmula física. También importan el Sol, la atmósfera y el ojo humano.
El Sol emite menos luz violeta que azul. Además, la retina humana registra mejor el azul que el violeta.
Fuente: www.clarin.com



